La leyenda del cerro ‘Baúl’: El Toro y la cadena de oro, por Rony Flor

Alguna vez en el colegio nuestra maestra Carmen Ghersi Padori, hacía una pausa en la enseñanza y nos concentrábamos narrando cuentos que se trasmitían de generación a generación. Fue una compañera (Irasema) que contó mejor la leyenda del Cerro Baúl, aunque era parecida a la que nos contaron los abuelos y tíos. Quién no escuchó alguna vez que antiguamente en las noches de luna llena se abría una puerta en las entrañas de ese coloso y de allí salía un toro gigante arrastrando una cadena de oro amarrada a su cuello, cuesta abajo por la quebrada, rumbo al río Torata a tomar agua.
Era un animal de más de dos toneladas, color negro brilloso y sus ojos rojos brillantes que iluminaban su camino, tenía la fuerza de una locomotora y su aliento parecía el humo de El Kalamazo. En su trayecto al pueblo de Yacango, tanto pesaría su preciada cadena que tronaba el suelo y los lugareños creían que se trataba de un huayco por el polvo que levantaba.
Aquí un suceso entre la ficción y realidad, pero eso le pasó a Delfín Tala, torateño que prestaba servicio con su movilidad entre Moquegua y Torata, pocos años después que se construyera la vía por la ruta del cerro Los Ángeles y que después tuvo góndolas para llevar a los mineros a Toquepala, cuyas oficinas quedaban en la 5ta cuadra de la calle Sauzal, hoy jirón Ilo. Una vez y entre los tantos viajes de Delfín, conocedor de la historia del cerro y el toro de las cadenas de oro, siempre sintió temor que algún día se le apareciera la bestia.
Delfín, en ese tiempo ya casado con Antonia y con dos hijos, tenía una camioneta Chevrolet modelo góndola de 12 pasajeros y hacía la ruta entre Moquegua y Torata, generalmente subía al pueblo de San Agustín en la noche porque al amanecer se encargaba de transportar el pan calientito que se consumía en los desayunos de Moquegua; además de la leche y los alimentos frescos del campo que se ofrecían en el viejo mercado de la calle Ayacucho, conocido como La Recova.
El itinerario diario de Delfín era subir a eso de las tres de la madrugada para llegar temprano a la plaza frente a la iglesia, recoger las canastas e iniciar el recorrido bajando por el valle, pero una noche se equivocó en la lectura del reloj o este aparato se habría detenido, que no marcó la hora exacta. Parecía que estaba amaneciendo, pero no, sucede que esa fue una noche de luna llena, pero el hombre sin renunciar a su responsabilidad emprendió viaje como siempre lo hacía.
Con cielo estrellado, siempre parecía de día. La máquina serpenteaba el valle después de pasar por la curva de La Villa, siguió hasta altura de Tombolombo y trepaba con facilidad por las faldas del cerro Los Ángeles donde 70 años antes se dio la batalla donde un puñado de moqueguanos enfrentó al enemigo en la Guerra del Pacífico. Después de la pampa del Arrastrado y en cercanías de Mollesaja, el “caña” de experiencia y sólo en la ruta, sintió un ruido muy extraño y tan distinto a los de otros viajes.
Por la hondonada y muy cerca al río antes de subir a Yacango, se encontró con la imagen de un hermoso toro color negro que con su andar levantaba gran cantidad de polvo y lo que más llamó su atención fue la cadena de metal que arrastraba, frente al timón y sin perder la concentración, se dijo que no había duda, era el toro de las cadenas de oro. Estaba tan próximo al animal que pensó en atropellarlo, aumentaba el ritmo del Chevrolet pero le faltaba fuerza, hacía el cambio y la bestia se le alejaba cuesta arriba. Por más que trataba de aproximarse el mamífero se le alejaba, entonces solo quiso por lo menos pisar la cadena para que se le rompiera una parte, pero su maniobra fue en vano. Hubo tanto polvo que optó por detenerse ante el temor de una colisión o un accidente.
Delfín no vio más, sintió como que perdió la oportunidad de su vida, que la presa se le había escapado y que al final de cuentas, la historia que de niño alguna vez escuchó del cerro y el toro de las cadenas de oro era cierto. Un tanto triste retomó la marcha rumbo a su destino, Torata.
Ingresando al pueblo en medio de las apretadas calles, estacionó la góndola en la plaza y al percatarse de la hora, recién era eso de la una de la madrugada. Es decir, subió en otro momento del que no era su costumbre, pero a la media noche tuvo su encuentro que no olvidó toda la vida y lo contó a sus descendientes. Como llegó muy temprano, se dijo, ni modo dormiré un rato.
Pero el suceso vivido le quitaba el sueño, se preguntaba ¿cómo no pude atropellar al toro y quitarle la cadena de oro? Al final, se durmió y soñó que conversaba con su padre a quien le contaba lo sucedido con ese mentado toro. Su progenitor después de escucharlo le dijo: “Mira Delfín, entre Moquegua y Torata existe una carretera, esa es la cadena de oro, y el toro eres tú que debes trabajar bastante para sacar adelante tu familia”. En eso una voz lo despertó cuando le decía ¡Don Delfín ya está saliendo el pan!
Delfín Tala Maquera, fue un emprendedor torateño que llegó a tener varias unidades móviles que prestaban servicio diario entre Moquegua y Toquepala. Tiempos en que las relaciones comerciales entre ambas ciudades, fue intenso y gran cantidad de moqueguanos laboró en el asiento minero que en los años 50 pasó a pertenecer al departamento de Tacna. La historia relacionada a uno de los pioneros en el transporte masivo se trasmitió de generación a generación y quien conserva hermosos recuerdos es su sobrino Rolando Tala Romero. Vive en Lima desde hace varias décadas.

Fotoa referenciales

También podría gustarte